Soy Lorena, esposa y madre de dos hijos en la tierra... y uno en el cielo. Acompañé a mi mamá en su enfermedad hasta que trascendió, perdí a un bebé en el vientre, y en medio de ese dolor descubrí un don que traía dormido desde niña. Dejé una carrera como Ingeniera Industrial en multinacionales para trabajar para Dios, y de ahí nació todo lo que hoy soy: mis sesiones, mi metodología El Gran Milagro, y mis libros.
No te voy a hablar desde la teoría. Te voy a hablar desde lo que viví, lo que lloré, lo que perdí y lo que el Padre celestial me permitió encontrar en medio del dolor.
El maestro que no elegí
Tenía 18 años cuando mi mamá me contó que tenía cáncer. Recuerdo el día exacto: la noche de mi grado, ella con el corazón roto viéndome disfrutar mi fiesta, guardando su dolor en silencio para no arruinarme el momento. Así era mi mamá: fuerte por fuera, destrozada por dentro, amando hasta en su propio sufrimiento.
Durante cuatro años la acompañé en tratamientos, cirugías, radioterapias. Aprendí a inyectarla, a peinarla, a manejar un carro para llevarla a citas médicas, a ser fuerte cuando por dentro me moría de miedo. El 23 de enero de 2008, a mis 20 años, mi mamá trascendió.
Ese dolor me quebró. Pero también fue la puerta que Dios usó para mostrarme quién realmente soy y para qué vine a esta tierra.
El don que desperté
Desde niña sentía cosas que no sabía nombrar. Cuando alguien iba a trascender, esa persona llegaba a "despedirse" de mí, de una forma que yo no entendía. Me daba mucho miedo, así que cerré esa puerta, lo ignoré y lo olvidé. Preferí no sentir, no saber, no recordar.
Cuando mi mamá trascendió, esa puerta se volvió a abrir. Empecé a tener sueños lúcidos con ella, tan reales, que al despertar sentía su olor a mi lado, su presencia, como si nunca se hubiera ido.
Poco antes de casarme, una de mis mejores amigas me citó en su casa y me dio la noticia que cambiaría mi vida: ella podía hablar con mi mamá y con todos los seres de amor del cielo, a través de la escritura guiada. Con miedo y angustia le dije que sí. Ella tomó un esfero y un papel, y empezó a escribir: no era ella, era mi mamá moviéndole la mano. "Hijita...", me saludó. Lloré, sané, cuestioné, y entendí que somos eternos.
Durante un mes entero, casi todos los días fui a su casa a hablar con mi mamá y con otros seres de luz. Y en esas conversaciones, mis guías me insistían: yo también podía conectar así, si me lo permitía.
Un día, triste por extrañarla, tomé un esfero y un papel yo sola y le dije: "mamita linda, si podemos hablar, hablemos, muéveme la mano y aquí estoy". Y empecé a escribir, guiada, sin saber cómo. Temblando, llamé a mi amiga sin contarle nada y solo le pregunté qué me acababa de pasar. Me respondió: "estás hablando con tu mamá". Desde ese día, mi vida cambió para siempre.
Empecé a escribir un diario y a hablar con el maestro Jesús y con la Virgen María. Él me fue guiando y orientando en este don que siempre estuvo dormido en mí.
El molde que no era el mío
Con este don despertando en mí, sin embargo, seguía viviendo dentro del mundo que conocía: el de la oficina, el horario, el molde de siempre.
Soy Ingeniera Industrial de profesión. Trabajé en tres empresas multinacionales, siempre en el área de servicio al cliente. Y aunque amaba conectar con las personas, algo dentro de mí se sentía preso: el horario, las cuatro horas diarias de camino, pedir permiso para estar con mi papá cuando estaba triste, para ir al médico, para simplemente vivir.
Mi alma es libre. Y cuando le cortan las alas, se siente en una cárcel.
Renuncié a los tres meses de haber nacido mi primer hijo. Con mi esposo creamos una lavandería, un negocio hermoso, pero que terminó exigiéndome aún más tiempo del que tenía. Y en medio de ese ritmo devastador, viviendo un embarazo con demasiado estrés, perdí a mi segundo bebé.
El trascender de un hijo
Perder un hijo es un dolor indescriptible. Recuerdo el silencio con mi esposo en el carro de regreso a casa, cada uno llorando por dentro, sin saber cómo nombrar lo que sentíamos.
Pero en medio de ese duelo, sentí que también trascendió la Lorena de antes. Ese dolor me despertó. Me conectó, como nunca antes, con el plan de mi alma. Empecé a escribir, a orar, a pedirle a Dios y a su reino que me mostraran el camino. Y poco a poco, en silencio, comenzó a nacer todo lo que hoy soy.
De un secreto a un propósito
Durante años guardé en silencio que hablaba con los seres de luz, que canalizaba mensajes del cielo. Tenía miedo de que pensaran que estaba loca. Pero un día, sin planearlo, entré a un lugar que no esperaba y recibí la confirmación que necesitaba para dar el paso.
Decidí soltar el sistema, las creencias de toda una vida que me decían que debía trabajar para una organización, y elegí trabajar para Él. Empecé a acompañar a las personas en procesos de duelo, ayudándolas a conectar con sus seres trascendidos.
Y de acuerdo a lo que yo misma he transitado en mi vida —crisis matrimoniales, duelos, momentos de no saber qué camino tomar— mi maestro me ha ido entregando herramientas que se aplican en vida y que han sido inmensamente transformadoras. No me podía quedar con esta información solo para mí. Por eso elegí crear El Gran Milagro, escribí mi primer libro para conectar a las personas con todo esto, y hoy estoy escribiendo el segundo.
Lo que quiero que sepas
No soy terapeuta clínica. Soy Canal del Cielo: un puente de amor entre Dios y tu vida real. Todo lo que enseño y guío en mis sesiones lo he vivido primero en carne propia, y es guiado por el Padre celestial, con absoluto respeto por tu libre albedrío.
Sé que en el mundo espiritual hay muchísima información, muchos caminos, muchas voces. Mi guía es el Padre celestial, y desde ahí te digo algo con toda honestidad: no todo lo que le funciona a otro te va a funcionar a ti. Las respuestas siempre han estado dentro de ti. Cada persona vino a esta tierra a conocerse, a recordar quién es y a ponerse en su misión divina.
Por eso, más que darte fórmulas externas, siempre te voy a invitar a ir hacia adentro, a conectar con el silencio, porque ahí es donde habla Dios. Mi misión no es darte respuestas prestadas, es acompañarte a recordar, a que descubras quién eres, y a que aprendas a escuchar esa voz de Dios que ya habita dentro de ti.
Si hoy sientes que estás en un molde que no es el tuyo, si has perdido algo o a alguien y no le encuentras sentido, si sientes que tu vida externa está "perfecta" pero por dentro sientes un vacío... quiero decirte algo: no estás perdido. Estás por buen camino. A veces se necesita de la sombra para encender la luz.
Yo ya recorrí ese camino. Y hoy estoy aquí para acompañarte en el tuyo.